miércoles 31 de diciembre de 2008
Epílogo
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martes 30 de diciembre de 2008
Ciento veinte balas. Ciento veinte escupideras que rebosan bilis. Una por cada uno de los cardenales electores del cónclave que dan cuerpo a la gran mentira, aquelarre de buitres que ponen nombre a la reencarnación del brujo supremo, del guía al que siguen los borregos sin más razón que la del calor animal. Un mundo que se desprecia a sí mismo no merece el respeto externo, un mundo que se considera un paso intermedio ni siquiera tiene la categoría del infierno. Ser sólo un lugar de paso es ser un paréntesis, un vacío, una línea que separa dos realidades, sin sabor, sin valor propio, etéreo como la nada. Un país, una sociedad, un planeta entero, tiene en conjunto lo que se merece. Observo esta ciénaga y vomito sangre, vomito sobre nuestra memoria, vomito sobre los antepasados que nos contaminaron, que nos enseñaron con su ejemplo a perdonar y con ello acrecentar la impunidad del que golpea un hígado indefenso para sentirse poderoso. Es una insensatez seguir prolongando la agonía, continuar la farsa. Si los señores cardenales tuviesen la bondad de colocarse en líneas de a diez sólo necesitaría doce balas, pero ellos nunca colaboran y, por más que mientan, temen a la muerte como un perro faldero a verse solo en mitad de un espacio abierto. La metáfora debería ser: La aristocracia enfrentada a los esclavos como única posibilidad para un nuevo mundo habitado por lo mejor de entre lo posible, como meta, alta meta que unifique a los hombres, no como tiranía destructora sino como camino por el que andar. Pero los que se ven como nobles frente a un mundo miserable, los que amasan con suavidad y decoro sus privilegios no renuncian a mantenerlos hasta la muerte, nadie renuncia a sus privilegios ni deja de hacer uso de ellos. Pasan a ser un bien ganado, pasan a representar el orden, la voluntad del infinito. Mentes poderosas y mentes desgarradas, todas habitando cuerpos similares que nos igualan más que el propio pensamiento. Sopeso en mi mano la Star fabricada en los años setenta, mi pistola preferida, sé que todavía queda una bala en la recámara. Le sonrío al infame vestido de púrpura que me mira con odio. En el fondo de la mirada de un religioso nunca hay alegría. Siempre hay unas enormes ganas de que alguien le siga, una necesidad enfermiza de rodearse de seguidores, fieles, espectadores que doten de un cierto sentido a toda esa vacuidad que le exorna y le aleja de todas esas preguntas y de todas esas respuestas. Sin embargo hay poco que hacer, puedes echar abajo sus templos y puedes matar a los violadores de mentes, pero los miedos humanos serán siempre los mismos. Es posible ser un científico, o ser el presidente del país más poderoso del mundo, y al mismo tiempo ser un esclavo por que sientes que no puedes dejar de obedecer.
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viernes 26 de diciembre de 2008
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martes 23 de diciembre de 2008
Para que no se torturen ustedes con la duda o la incerteza o con ambas, descenderé a los infiernos de la sinceridad y responderé: Todo lo narrado en este blog es absolutamente cierto, únicamente hay en él una metáfora o pequeña mentira poética. Algunos detalles de lo contado se han modificado ligeramente para proteger la identidad de los inocentes. Pueden si así lo desean considerar como plagio las escasas citas con que adornamos algunos textos, me la pela. Somos vampiros decadentes porque estamos todos impregnados de los seres que habitaron este mismo mundo que pisamos. Un chorro de citas de películas me resbala por la cara como un mechón de pelo salvaje y rebelde, como un brote de sangre que se desliza lento desde la sien hacia el cuello blanco de la camisa. Somos vampiros decadentes porque chupamos la esencia y el olor de otros que se expresaron en el pasado, y porque toda obra impresa es pasado. Me acerco en silencio, un silencio suave, un arrastrar de pies descalzos, y me asomo al precipicio y observo apaciblemente a todas esas criaturas nerviosas, hacendosas, que se agolpan en ese quehacer doméstico y diario que les acosa y les angustia, les veo sufrir pero sé que no hay en mis manos instrumento alguno que les pueda sosegar. Debería alertarles aún sobre tantos peligros que acechan agazapados, pero no queda tiempo, intenten alejarse de la gente que adoctrina, esos son los peores porque nunca son gente feliz. Busquen, en caso de enfrentamiento directo, el lugar más alto, eso les dará ventaja. No olviden que al caminar erguidos, y cito de nuevo, exponemos al enemigo el corazón y los genitales. No acumulen demasiado peso porque a la hora de huir se lamentarán de lo que cogieron y se arrepentirán de lo que quedó atrás. Y sobre todo no olviden que la suerte no existe. Me marcho porque ya casi puedo oír las piedras golpeando los cristales de las ventanas. Es curioso que los que intentan aniquilarte siempre son tus iguales.
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domingo 21 de diciembre de 2008
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miércoles 17 de diciembre de 2008
Para completar las aportaciones hechas por este blog, a lo largo de un año de intenso trabajo, al mundo de la filosofía, añadiremos escuetamente un apunte encaminado a perfeccionar esa relación a menudo engañosa entre la realidad y ese submundo interior que se esconde tras nuestros ojos. Para nuestra exposición obviaremos los constructos inventados, explicados y defendidos durante el siglo pasado con el fin de conseguir algo que esos autores que nos precedieron no consiguieron nunca, es decir, que se les entienda. El bueno, El feo y El malo, adaptamos para nuestra teoría el título de una película, al tiempo que le dedicamos una reverencia. Todos sabemos que la iglesia disfruta de una posición de monopolio que no se debería permitir, todos justificamos las ilegalidades de los gobiernos, todos conocemos la explotación laboral que se consiente mundialmente y de la que incluso extraemos ventajas, todos mantenemos acallados nuestro conocimiento acerca de la candidez y estupidez que nos rodea, sobre la lujuria que habita en los demás, sobre la maldad de la que son capaces aquellos a los que queremos, sobre las mezquindades a las que nos someten y soportamos. Nadie permite, porque no se soporta bien, que esas imágenes pasen a una velocidad descifrable por nuestros ojos internos. De los personajes que nos habitan el que carga con todo lo anterior es El feo. El malo es el que no deja salir a la superficie nuestra verdadera opinión sobre las religiones cuando la verdad produce tal terror que causa diarrea e insomnio, El malo es el que nos esconde nuestra candidez y estupidez, el que no nos deja aceptar despiertos nuestra propia lujuria, el que no nos permite ver nuestra mezquindad y la maldad que nos integra. El malo es el que te permite mirarte en el espejo después de demostrarte a ti mismo que no eres alguien de fiar. El bueno es el que te sonríe desde el otro lado del espejo con esa cara de idiota que deja claro que nunca se entera de nada.
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domingo 14 de diciembre de 2008
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